Los rasgos de la personalidad son pautas duraderas en la forma de pensar, percibir y relacionarse con el entorno y con uno mismo, y se evidencian en una amplia gama de contextos sociales y personales.
Sólo cuando estos rasgos se tornan inflexibles y desadaptativos socialmente, o causan un malestar o una incapacidad para afrontar las exigencias de la vida, es cuando hablamos de trastornos de la personalidad.
Para el tratamiento de los trastornos de personalidad será necesario un trabajo coordinado entre un psicólogo y un psiquiatra. La valoración psiquiátrica es necesaria, ya que la medicación es un aspecto muy importante a tener en cuenta (para calmar la ansiedad y el control de los impulsos). Conjuntamente a la valoración psiquiátrica, el paciente recibe un tratamiento psicoterapéutico individualizado llevado por un psicólogo (donde se trabajan los posibles elementos traumáticos del pasado). Asimismo, también se puede realizar la terapia de grupo que permite modificar los aspectos y las actitudes relacionales y las pautas de conducta que provocan los trastornos de personalidad.
Otro aspecto a tener en cuenta es la vida familiar. La integración de las familias en el tratamiento desde el inicio juega un papel fundamental, y ayuda no sólo a entender mejor el trastorno, sino también a intercambiar experiencias, lo que da un soporte emocional que posibilita los cambios necesarios para la buena evolución.
Tanto las publicaciones científicas como nuestra propia experiencia muestran que el trabajo coordinado y en equipo y una continuidad en el tratamiento es fundamental para la mejoría de los trastornos de personalidad. Dicha mejoría se produce en la práctica totalidad de los tratamientos cuando éstos se realizan de acuerdo con las indicaciones de los terapeutas.