El síndrome de dependencia alcohólica, habitualmente conocido como alcoholismo, es una enfermedad frecuente, que padece alrededor del 4-5% de la población española.
La mayor parte de enfermos no son conscientes de su adicción hasta que
ésta se halla muy avanzada. Ello es así porque mucha gente cree que sólo son alcohólicas las personas que se emborrachan habitualmente, o las que no pueden pasar un día sin beber.
Bien al contrario, la mayor parte de alcohólicos son personas normales, que desarrollan una actividad laboral normal y tienen una vida social y familiar estables.
El alcoholismo se distingue básicamente por la aparición de dos tipos de fenómenos:
1. La disminución de la capacidad de control que puede alterarse de dos formas: hay personas que a veces empiezan a beber y beben mucho más de lo que deseaban (especialmente el fin de semana), y otras que necesitan beber a intervalos regulares y diariamente.
2. El alcohólico experimenta progresivamente una alteración de sus prioridades, de manera que el consumo de alcohol se antepone a otras actividades que en el fondo uno mismo considera más importantes.
Por ejemplo, uno puede quedarse a tomar unas cervezas con los amigos cuando en el fondo piensa que lo que debería hacer es ayudar a sus hijos con los deberes o adelantar algún encargo profesional.
Conforme avanza la dependencia el individuo experimenta cambios en el carácter, tornándose en ocasiones más irritable y agresivo, así como ansioso y taciturno.
Son frecuentes las complicaciones sociales, legales, conyugales y laborales. En esta situación el enfermo tiende a perder progresivamente el interés por aquellas actividades que no están asociadas al consumo de bebidas alcohólicas.